Mensaje de la Editora
Puerto Rico Siglo XX se ha creado para cumplir varios propósitos. Por un lado, pretende hacer justicia a un legado y a una historia que merece ser contada. Dedicamos este espacio, en un primer momento, a la obra y legado de un puertorriqueño talentoso, dedicado y comprometido con la tierra, con su país y la gente trabajadora. Más allá de ‘la Isla’, en abstracto, Nieves Díaz Travieso estaba comprometido con el hombre y la mujer del campo, con los campesinos, agricultores y gente sencilla que habita en las zonas rurales de Puerto Rico. Se comprometió con su pueblo, con los proyectos de cambio y justicia social, con la educación y las artes. Nació y creció con el siglo XX. Como él, tantos otros recorrieron el siglo levantando el país que hoy conocemos, entregando alma y vida para construir un sueño.
Este espacio surge para contar historias. Conscientes de la necesidad que tiene esta generación que se levanta, desde el siglo XXI, de conocer más de las historias que fueron vividas en el siglo XX, pretendemos crear un espacio de narrativas, remembranzas y reflexión, sobre personajes e historias que marcaron el siglo pasado en Puerto Rico; porque no debemos olvidar a los que nos precedieron, porque, como Roma, la historia de un país no se hizo en un día, sino en muchos días y millones de vivencias, risas y llantos de muchos puertorriqueños. No podemos, ni debemos olvidar.
Puerto Rico ha producido grandes artistas, escritores, poetas, historiadores, músicos, periodistas, científicos, deportistas…; mujeres y hombres que han dado mucho por su país, con profundo amor a este terruño que llamamos Borinquen. Son muchas las historias que podríamos contar sobre buenos puertorriqueños y puertorriqueñas que han dejado legados extraordinarios. Pero también queremos tender puentes de esperanza entre el pasado, el presente, y un futuro que comienza a escribirse desde hoy. Sin memoria histórica, este lazo queda inconcluso, empobrecido y falto de sostén.
Escribiendo estas líneas, reflexiono sobre el camino andado como comunidad histórica y el carácter que nos hemos forjado a través de tantas vivencias, desde que creamos, como pueblo, una imagen de nosotros mismos. Hay algo del ‘ser puertorriqueño’ que reconocemos como cálido, alegre y dispuesto a compartir con amistad genuina. Si algo distingue al boricua, dentro y fuera de su Patria, es el amor que siente por su cuna…, el amor a las calles pueblerinas, a las montañas y hermosas playas en donde crecimos y fuimos felices. Somos uno con nuestra geografía; nos sentimos mar, palmera, río, y cantamos por las noches con grillos y coquíes. Siempre se ha dicho que detrás de cada piedra hay un puertorriqueño que canta… y lo hace bien.
Pero mucha historia nos corre por las venas y con ella, también, mucho dolor y frustración de sueños no cumplidos; quizás un hambre antigua de ser verdaderamente felices… Nos llama a veces una pena, a lo lejos, y el espíritu se nos quiebra sin saber por qué. Esto ha hecho de nuestro carácter algo complejo e inestable. Nos movemos entre tierra y tierra buscando prosperidad, seguridad, alegría, bienestar…; por momentos, todavía, inseguros de lo que realmente somos.
Este pedacito de tierra en medio del Mar Caribe, nos recuerda y nos dice que somos un pueblo, “un pueblo que ama”. A través de nuestras penas e incertidumbres, votamos siempre por la risa y la alegría — a veces, en ello, se nos va la mano— y hemos sido fuertes y resilientes ante los embates de la vida, y los cambiantes tiempos que nos acechan.
Me siento orgullosa de ser producto de este país, de esta Isla en el medio del mar, con sus vaivenes históricos y emotivos, con sus luchas, retos y tristezas… También me siento orgullosa de mi origen familiar. Vengo, como todo boricua, de muchas razas; mis abuelos, ambos blancos, descendientes de europeos, y mi abuela paterna, perfecta mulata, mezcla de negro, indio taíno y español. Mi padre, don Nieves Díaz Travieso, a quien dedicamos este portal, tenía claros rasgos indígenas de la zona del este de Puerto Rico. Nacido en Naguabo, se bañaba en el Río Blanco y se perdía de niño en los bosques y charcas de las faldas del cerro El Yunque. Esa tierra se le quedó pegada en el alma toda la vida; y allí escogió descansar, después de la muerte.
A ti, Nieves Díaz, que aportaste luminosos granitos de arena para enriquecer el corazón de un pueblo, te dedicamos este lugar de historias contadas y por contar, para seguir creciendo como un ‘puerto rico’ de experiencias solidarias y manos enlazadas para crear futuros.
Maia Díaz
‘La hija de Nieves Díaz’
